Estoy en casa otra vez!!! Jaja!!! Sí, ya sé que esto empieza a parecer un poco de cachondeo, tanta ida y venida. Pero no lo puedo evitar. Me encanta escaparme a casa siempre que puedo. Es mi refugio, mi forma de huir de todo, mi forma de encontrar la paz que necesito y la forma de olvidarme por un rato de todo.
Y cómo no, lo primero que he hecho en cuanto he podido, a sido ir a la playa. El día no era para nada el más indicado, pero aún así ha valido la pena. Primero por mi norma de encontrar siempre el lado positivo y bello de las cosas, y segundo porque he conocido un lugar que aún no habia visitado nunca: Cala Sant Vicenç. En compañía de mi madre, escuchando un viejo casset de Serrat y dejandome sorprender por la magia del paisaje que acompaña durante todo el camino: montañas de piedra gris moteadas de verde, en una carretera bordeada por campos de cultivo en marron y verde, bosques de encinas, algarrobos y alguna higuera, antiguas casa señoriales y nuevas construciones muy respetuosas siempre con el entorno conforman un paisaje que me costará olvidar. Porque son el mejor ejemplo del típico paisaje del interior de la isla. La llegada al mar solo se ha visto un poco afectada por la creciente invasioón de turistas y construcciones de hoteles y apratamentes que fácilmente me gustaría eliminar de la vista. Cala Sant Vicenç es la zona de veraneo formada por tres pequeñas calas: Cala Barques, Cala Molins y Cala Carbó. Cala Barques es la primera que nos encontramos nada más salir de la carretera. Perfectamente equipada con todo tipo de servicios: vigilancia, hamacas, y una pequeña variedad de hoteles y restuarantes para comer pescado fresco. Tanto en ésta como en la segunda, impresionan las vistas. Es aglo que transporta un poco a otro lugar. Y eso acompañado del color del mar….hacen que sea especial.
Pero me quedo sin duda alguna con la última: Cala Carbó. Es una diminuta cala casi al final de la carretera, donde parece que ya no se puede seguir. Una pequeña acumulación de algas secas hace las veces de orilla para sentarse y la rampa que usan para subir las pequeñas barquitas que llenan la cala nos permite entrar al agua. Un agua con un color especial y con un fondo digno de inspeccionar con unas gafas de buceo. Un lugar donde sentarse y dejar que pasen las horas sin nada más que hacer que eso.
Lo ideal es encontrar un día en el que el mar esté en calma total, cosa difícil puesto que por su situación está frecuentemente expuesto al movimiento del mar abierto que tiene justo delante. Si a pesar de todo, conseguimos encontar un día mínimamente tranquilo, disfrutaremos con la calma que transmite este lugar.
Pasar el día en la playa, darse un baño y comer algun delicioso plato en los restaurantes de la zona me parecen un plan más que perfecto para disfrutar de un día de finales de septiembre, cuando la isla comienza a vaciarse (poco a poco) de la visita de extranjeros, y recupera la calma que le da esa magia especial.
Y después de tanta calma, qué mejor que un poco de vida social nocturna…!!! Nos vemos en mi próximo descubrimiento, porque cada vez me doy más cuenta de lo mucho que me sorprende esta isla algunas veces.






